Situarse y orientarse en el entorno es una de las actividades cognitivas más complejas que personas y animales somos capaces de llevar a cabo. El mundo que nos rodea está lleno de información que puede resultar útil (¡o no!) a la hora de situarnos. Para conseguir orientarnos, tenemos que poner en marcha toda una serie de funciones cognitivas como la memoria, atención, percepción y habilidades de toma de decisión, para poder seleccionar y usar la información relevante. Existen diversas estrategias de orientación. Algunos preferirán fijarse puntos de referencia del entorno, como tiendas o edificios, para obtener la información direccional necesaria (por ej., después del banco, girar a la izquierda; después del cine, a la derecha). Puede que otros prefieran concentrarse en las distancias o en toda una serie de desplazamientos motores mientras siguen un camino específico sin tener en cuenta necesariamente los puntos de referencia del entorno (por ej., seguir recto, doblar a la izquierda, después otra vez a la izquierda, girar a la derecha, etc.). En algunos casos, hasta podemos ir a un sitio y volver por el mismo camino sin tener que basarnos en la información visual del entorno. Esto es posible gracias a un mecanismo de orientación primitivo (conocido como “path integration”, ruta de integración, o “dead reckoning”, estimación) mediante el cual el cerebro es capaz de seguir distancias y direcciones para actualizar nuestra posición con respecto del punto de partida inicial. Este mecanismo se basa principalmente en la integración continua de la información (vestibular y propioceptiva) que nos indica en qué dirección nos estamos moviendo, a qué velocidad, y durante cuánto tiempo. Es el mismo mecanismo que permite a los animales volver al nido después de haber salido a buscar comida.
Aunque la habilidad de orientarse forma parte de un fenómeno muy complejo, cuando nos movemos por un entorno que nos es familiar, podemos orientarnos y encontrar ubicaciones exactas prácticamente sin esfuerzo gracias a dos mecanismos comportamentales distintos.
El primer mecanismo comportamental consiste en seguir rutas habituales, como la que nos lleva al trabajo, que normalmente seguimos sin ni siquiera pensar en el entorno. En este caso, al tratarse de un camino tan familiar, podemos fijarnos (o no) en los puntos de referencia y ejecutar toda una serie de acciones como si se tratara de una secuencia motora automática que no requiere un gran esfuerzo de atención. En otras palabras, cuando un recorrido nos es familiar, estamos tan acostumbrados al paisaje, las distancias y los giros a derecha o izquierda, que seguimos por nuestro camino automáticamente. Este comportamiento es muy parecido al que adoptamos cuando, tras una fase de aprendizaje y práctica, realizamos acciones complejas como montar en bicicleta o tocar un instrumento. El mecanismo de la memoria responsable de este tipo de comportamiento automático (o implícito) se denomina memoria procedural.
El segundo mecanismo comportamental consiste en llegar a un punto determinado siguiendo cualquiera de los caminos que nos proponga el entorno. En este caso puede que no estemos muy familiarizados con la ruta que vamos a seguir, y sin embargo podemos llegar al punto de destino sin perdernos. Lo que ocurre es lo siguiente: cuando empezamos a familiarizarnos con un nuevo entorno, aprendemos puntos de referencia selectivos (edificios, tiendas, etc.) y recordamos dónde se encuentran con respecto de otros que ya conocemos. Mientras lo hacemos, creamos una representación mental del entorno, como una especie de mapa que incluirá todos los puntos que hemos visitado. Mientras seguimos nuestro camino, podemos representar nuestra situación en este mapa mental, así como los demás puntos que ya conocemos de él. Esta representación mental nos permite llegar a cualquier destino desde cualquier punto de nuestro mapa. Dicho de otro modo, nos orientamos siguiendo un mapa parecido al que usamos cuando intentamos orientarnos en una nueva ciudad. La diferencia entre nuestro mapa personal y el de una ciudad es que lo tenemos en el cerebro y no nos cuesta nada (aparte de tiempo). A dicha representación mental del entorno la llamamos mapa cognitivo, y al mecanismo de la memoria responsable de este tipo de orientación lo llamamos memoria espacial.
Vamos a ver un ejemplo de cómo se forma un mapa cognitivo: imaginemos que nos mudamos a una nueva ciudad. En el barrio, descubrimos una panadería que nos gusta y que está a dos bloques de nuestra casa. Para acordarnos de dónde está, intentaremos recordar el nombre de la calle, y al mismo tiempo relacionaremos dónde se encuentra la panadería respecto de nuestra casa. Al día siguiente, mientras vamos a la panadería, vemos un banco, en el que nos gustaría abrir una cuenta. Así, lo más seguro es que relacionemos el banco con la casa, ¡y también con la panadería! (De este modo, estamos empezando a crear nuestro mapa cognitivo). Más adelante, puede que veamos un restaurante que nos guste y donde decidamos ir a cenar. Entonces relacionaremos el restaurante con la casa, la panadería y el banco, y así el mapa cognitivo seguirá enriqueciéndose. Ahora imaginemos que llevamos varios años viviendo en el mismo barrio. Llegados a este punto, nuestro mapa cognitivo será extremadamente detallado e incluirá todo tipo de información espacial.
Aunque los dos mecanismos comportamentales (seguir rutas habituales, o seguir cualquier ruta usando nuestro mapa cognitivo) nos permiten llegar a nuestro destino, la formación y uso de un mapa cognitivo es probablemente la forma de orientación más eficaz porque nos permite llegar a cualquier destino desde cualquier punto de partida. Si, por cualquier motivo, una persona no consigue crear un mapa cognitivo, o no consigue usarlo adecuadamente, tenderá a perderse con facilidad (aunque sea capaz de seguir recorridos habituales).
Por supuesto, hay otros motivos por los que podemos perdernos. Por ejemplo, en algunos casos podrían presentarse dificultades para recordar o reconocer los puntos de referencia del entorno, o para distinguir la izquierda de la derecha con respecto del propio cuerpo o respecto de las direcciones que marcan los puntos de referencia del entorno; otros puede que tengan dificultades a la hora de reconocer el punto en que se encuentran mientras se mueven; o también podrían presentarse dificultades con las rotaciones mentales, una habilidad cognitiva fundamental, ya que cuando nos movemos estamos cambiando continuamente dirección y conforme nos vamos acercando al mismo punto de destino desde una ruta diferente, cambiará necesariamente la perspectiva. Una disfunción en cualquiera de las habilidades cognitivas mencionadas puede afectar a la capacidad de orientación, lo que conllevaría un trastorno con serias consecuencias en la vida diaria.
|